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La ciudad en movimiento: Crisis social y respuesta ciudadana

La ciudad en movimiento: Crisis social y respuesta ciudadana
Año: 2015
Autor: Oriol Nel·lo
Editorial: Díaz & Pons

La agrupación de aquellos que menos tienen para debatir, proponer y actuar, con el objetivo de cambiar las condiciones de vida en la ciudad, son los movimientos sociales urbanos. Están formados por personas concretas[i], identificables, aunque sus nombres, excepto en casos especiales, no aparecen en las crónicas.

Oriol Nel·lo, en este ensayo divido en tres partes, trata de analizar el papel de los movimientos en las ciudades del sur de Europa embestidas por la crisis social de inicios del siglo XXI y su capacidad de construir alternativas, condicionando el comportamiento de otros actores (Administraciones públicas, poderes económicos) y promoviendo cambios institucionales y políticos.

Las ciudades en la crisis

El urbanismo, citando a Secchi[ii], ha tenido responsabilidades en la crisis social que están padeciendo las ciudades, en forma de desigualdades, ya que ha situado por delante el beneficio económico de unos pocos en lugar del bienestar social de la mayoría. De todas formas, de la misma forma que ha tenido responsabilidades relevantes en el crecimiento de las desigualdades, el urbanismo debe convertirse en un instrumento para revertirlas.

Según Oriol Nel·lo, después de dos siglos de luchas de clases, empieza, terminada la Segunda Guerra Mundial, en la mayoría de países de la Europa Occidental un periodo de progresión económica, social y política más equitativa. Este progreso ya tuvo una regresión en los años setenta[iii] con una pérdida de bienes, derechos sociales y libertades por parte de las clases medias. La acentuación de la crisis ha reforzado la importancia del espacio territorial de sus efectos. Harvey ya apunta que el capitalismo no resuelve los problemas de su crisis, los desplaza[iv]. Por este motivo, los resultados de este nuevo control de las políticas urbanas por parte de los movimientos sociales deben servir para construir alternativas de escala mundial.

En este marco, donde las desigualdades no han dejado de crecer[v], el estado ha dimitido en su papel de defensa de los derechos sociales. La «mano izquierda» del estado, aquella que debe atender los derechos sociales, ha sucumbido a la fuerza de la «mano derecha», la controladora y represora[vi]. En definitiva, es necesario construir una alternativa, como mínimo a escala europea, capaz de reunir política y poder para revertir la tendencia[vii].

Los gobiernos de los países capitalistas de la Europa Occidental son incapaces de atender simultáneamente los requerimientos de las fuerzas del libre mercado y las demandas sociales[viii]. E.P. Thompson acuño el término economía moral de la multitud para significar las reacciones populares ante la instauración del capitalismo. Streeck indica que empieza allí una desafección hacia el papel de las instituciones en la defensa de los derechos sociales que no ha hecho más que acentuarse.

Un elemento que debe evadir los movimientos sociales es el provincialismo espacial[ix], sujeto al inamovible «carácter nacional», y temporal[x], por la incapacidad de tomar perspectiva histórica. Es precisamente la visión provinciana la utilizada como arma argumentativa por los gobiernos y poderes económicos para defender su statu quo.

Otra característica que ha provocado la facilidad para la movilidad de capital es la localización, fomentando la competitividad territorial y el auge de las ciudades marca. Esta tendencia ha incrementado las desigualdades sociales territoriales y, al mismo tiempo, ha revertido en una homogeneización del tejido urbano[xi]. Por otro lado, la creación de una marca contribuye a la incapacidad de incorporar los procesos de transformación inherentes a la ciudad, la mercantilización icónica de la misma, la identificación de los habitantes y visitantes como consumidores y no como ciudadanos y, finalmente, a la imposibilidad de incorporar aquello que es diferente a la «marca ciudad». En definitiva, las ciudades no necesitan un logo identificativo[xii].

El renacimiento del lugar y el auge del nacionalismo son el resultado de la incapacidad de encontrar políticas alternativas a la deriva económica y social. Por un lado, revitalizando las naciones sin Estado y, por el otro, reforzando los nacionalismos estatales. La reivindicación de la «nación», respuesta nada despreciable causada por la insatisfacción por el funcionamiento de las instituciones, se produce en el auge de las tecnologías de la comunicación, las cuales tienen la posibilidad de construir comunidades de intereses transnacionales.

La primera parte del ensayo concluye recuperando las reflexiones de Max Horkheimer en Dämmerung, en plena crisis de la República de Weimar, para incidir en la imposibilidad de sentenciar qué sucederá mañana y la necesidad de construir alternativas, con nuevos actores, ante los retos económicos, sociales, políticos y ambientales actuales.

Ciudadanía en movimiento

A través de la máxima de Friedrich Ratzel «en el espacio leemos el tiempo» y el análisis de Karl Schlögel[xiii] de la crisis de la Unión Soviética en los años treinta del siglo XX, Nel·lo introduce la importancia de focalizar la atención en un lugar para entender la transformación del mismo. Los movimientos sociales urbanos subalternos son parte del reflejo de la ciudad y su transformación, más allá de quién la controla y la gobierna. Estos, citando a Castells[xiv], más que en las condiciones de producción de la riqueza, plantean conflictos específicos sobre el «uso del territorio, dominio de recursos, la apropiación del suelo y la distribución de los bienes y servicios». Ampliando la propuesta de Castells, para dar cabida a aspectos ambientales, Nel·lo propone cuatro grandes grupos: «los motivados por la pugna sobre los usos del suelo, la apropiación y gestión de los recursos naturales»; «los vinculados a la imagen y la identidad de los lugares, así como a la gestión y la transformación del paisaje»; «los relativos al control del espacio público, al acceso a los servicios y a la organización del consumo colectivo»; y «aquellos relacionados con la configuración y el funcionamiento del gobierno del territorio, a escala local o supralocal»; con la idea de que, en las dos últimas décadas del siglo XX, la fuerza recaía en los dos primeros y ahora parece que hay un refuerzo social y de la intencionalidad política.

«La presencia de objetivos compartidos, el sentimiento de grupo y su continuidad en el tiempo» determinan, según Tarrow[xv], las nuevas formas de acción colectiva. Los movimientos sociales urbanos, centrados básicamente en la creación de alternativas más allá de las que ofrecen los gobiernos, se caracterizan por tres elementos: el debate y, en algunos casos, sustitución de la administración o empresa que gestiona los usos de aquello considerado patrimonio colectivo, la búsqueda de la «equidad social en la distribución de beneficios y cargas» y «adoptando aquello que Tarrow denominó formas disruptivas de acción colectiva». Estas nuevas formas de acción colectiva se formulan en paralelo al papel realizado por las organizaciones del Tercer Sector, con gran dependencia de la ayuda económica pública.

Las áreas urbanas son aquellas donde la privatización del patrimonio colectivo y los bienes comunes han afectado a más personas[xvi], entendiendo que estos no sólo competen a recursos naturales, sino también a las prácticas sociales. Por este motivo, el término «bienes comunes» ha sido utilizado a menudo, inspirándose en autoras/es como Ostrom, Hardt o Negri,  para denominar la construcción de alternativas para la defensa de los «bienes que se deben mantener fuera de la lógica del mercado y de la propiedad ―incluso pública― y a disposición de todos los miembros de la comunidad». La contraposición actual, según Mattei[xvii], ya no radica entre Estado y propiedad privada (que comparten un mismo fin: concentrar poder), sino entre capital y bienes comunes. Desde el punto de vista político, el desafío de la humanidad es la promoción de «instituciones capaces de transformar capital en bienes comunes»; es decir, revirtiendo la lógica actual. Para ello, desde los movimientos sociales, se propugnan prácticas que recreen la subjetividad colectiva y que rompan la tenaza entre propiedad privada y soberanía estatal.

La apropiación de los bienes comunes se produce en paralelo al desarrollo del capitalismo. Las enclosures en Inglaterra[xviii], en los siglos XVIII y XIX, o el robo de leña (denunciado por Marx en 1842[xix]) ilustran esta realidad. De todas formas, los bienes comunes y la conceptualización de comunidad no están exentas de complejidades. Así, Harvey[xx] señala cómo la propia construcción de comunidad puede desnaturalizar el bien común a causa de la apropiación por parte del mercado de los beneficios derivados de ésta: un barrio multicultural, vital y diverso. Harvey, parafraseando a Garrett Hardin, lo denomina «la verdadera tragedia de los comunes urbanos de nuestro tiempo». A pesar de esta dicotomía, Nel·lo muestra la necesidad de continuar explorando en esta acción comunitaria para aprender de la misma y favorecer la modificación de las relaciones políticas y sociales actuales.

La conexión entre justicia social y justicia espacial es evidente: las desigualdades se corresponden con la segregación de la ciudad por espacios. Como ya habían notado Ildefons Cerdà en Barcelona (1856) o Friedrich Engels en Manchester (1844), la renta de las familias es determinante en la configuración espacial de la ciudad. Permitiendo, según Harvey, que las familias con rentas más altas tengan más capacidad de elección y promoviendo un creciente «separatismo social»[xxi]. La segregación social espacial comporta desigualdades en las oportunidades sociales (servicios, imagen de barrio…) según el lugar de residencia[xxii]. Por este motivo, Edward Soja reclama una organización de la ciudad que garantice los derechos básicos a toda la ciudadanía, en independencia de su ubicación, «el derecho a la ciudad», según Lefebvre[xxiii]. Inmersos en la imposibilidad de equilibrar la justicia espacial sin transformar la justicia social, Nel·lo aboga por el gran reto de los movimientos sociales urbanos: avanzar hacia una justicia social en el conjunto de la ciudad.

Los movimientos en defensa del territorio tuvieron un auge a partir de los años ochenta del siglo pasado. Al mismo tiempo que la globalización, causada por la mejora de las infraestructuras de comunicaciones y la capacidad de movimiento de los factores económicos (capital, información…), surgió una creciente preocupación por la preservación ambiental del propio territorio, de aquí también el papel de los nacionalismos, como un espacio de refugio y fuente de identidad.

En las últimas décadas la coyuntura económica ha desplazado el foco de los temas medioambientales a las prácticas de innovación social. Estas, más allá de otras iniciativas caritativas, tienen «la voluntad de apoderar a los ciudadanos a la hora de reclamar sus propios derechos y de construir alternativas para avanzar hacia una mayor equidad social y una más alta calidad democrática». Para ello, tratan de organizar grupos sociales subalternos al margen de los canales de representación previstos (partidos, instituciones…). Así, las ocupaciones en algunas ciudades  del Sur de Europa, en la primavera de 2011, responden a la voluntad social de organizar alternativas estructurales a la ciudad capitalista contemporánea[xxiv] y de configurar un espacio público abierto, poroso, adaptable, en proceso… en definitiva, inclusivo, en la dicotomía propuesta por Richard Sennett en The Public Realm (2008). Más allá de estos periodos históricos coyunturales, las prácticas de innovación social tienen un carácter más estable en muchas de sus manifestaciones sin que ello aporte algunos debates relevantes: como si su distribución se corresponde a los espacios de más necesidad, si su acción puede llegar a ser contraproducente en algunos casos (por especulación del territorio, por ejemplo) o si sus beneficios son escalables al conjunto de la ciudad[xxv].

Los movimientos sociales han transitado de la denuncia a la propuesta, como ya hemos visto, de la defensa del territorio a la innovación social y del acento ambiental al social. Además, tienen voluntad de escala y, progresivamente, de asumir carácter político para convertirse en «sujetos decisivamente transformadores del territorio y la sociedad».

Barcelona: fragua y fruto

La construcción de la narrativa histórica y periodística de España, concluida la larga etapa dictatorial, ha tenido un carácter unidireccional y unitario (para el conjunto del Estado). Oriol Nel·lo aboga por una geografía política de las ciudades y se centra en la ciudad de Barcelona.  Para el análisis se observan tres expresiones: los movimientos en defensa del territorio, el movimiento independentista y las iniciativas de innovación social.

«La Barcelona contemporánea ha constituido a la vez la fragua y el fruto de los movimientos sociales que en ella se han sucedido», de esta forma se comprende la relación entre cambios urbanos y movimiento ciudadano.  La última etapa franquista y la entrada de la democracia (1959-1979) se caracterizan por el desarrollo del Plan de Estabilización (1959), con un crecimiento demográfico muy relevante y concentrado por la precariedad de las infraestructuras y provocando una degradación de los barrios del conjunto de la zona Metropolitana. Los conflictos sociales, con consecuencias políticas[xxvi], se fraguaron por este desequilibrio entre crecimiento y servicios públicos ofrecidos por las Administraciones públicas[xxvii]. Fue el potente movimiento vecinal el que tuvo un papel determinante en la preservación de espacios públicos durante las décadas de transición a las instituciones democráticas.  Durante la etapa de consolidación de las instituciones locales y autonómicas (1979-2007) se produjo un freno en el crecimiento de la población y una redistribución territorial de la misma. En ese periodo, el papel de las políticas públicas fue sustituyendo gradualmente a la influencia ejercida por las asociaciones de vecinos[xxviii]. Los movimientos ciudadanos transitan de poner el foco en la reivindicación de equipamientos y servicios urbanos a los valores ambientales, paisajísticos o patrimoniales, contribuyendo a modificar normativas y procesos de toma de decisiones. El colapso económico que se produce a partir de 2008, conlleva un aumento de las desigualdades, una precarización de las condiciones de vida de una parte cada vez más creciente de la población (estancada en su crecimiento) y una desconfianza en las instituciones públicas y en su calidad democrática. El movimiento independentista y las prácticas de innovación social son las dos manifestaciones ciudadanas que, con foco distinto, comparten la voluntad de transformación social y política.

Los datos periódicos del Anuari territorial de Catalunya (Observatori de projectes i debats territorials de Catalunya, desde 2009), publicado por la Societat Catalana d’Ordenació del Territori, y el censo de conflictos ambientales, compilado por la Federació Ecologistes de Catalunya, muestran un desplazamiento del foco de los movimientos urbanos de la defensa del territorio a la alternativa ambiental y a las causas sociales. El freno en la expansión económica y el cambio de las preocupaciones de la ciudadanía explican, en gran medida, este tránsito.

La evolución de los datos del Baròmetre d’Opinió Pública indica una progresión del número de personas que se suman a la causa independentista. Tres son los factores, según Nel·lo: la situación de crisis económica y social (que observa como indispensable la construcción de un nuevo proyecto[xxix]), la coyuntura europea (como una nueva escala económica, social y política con la cual relacionarse[xxx]) y la evolución política en Cataluña y en España (donde la incapacidad política para dar respuesta al derecho a decidir conduce al crecimiento del independentismo, con una amplia base ciudadana políticamente muy influyente y una opinión pública con dos mayorías contrapuestas[xxxi]).

Finalmente, la voluntad de empoderar a la ciudadanía en torno a la organización para la provisión de bienes y servicios básicos, más allá de las posibilidades institucionales, conlleva una evolución de la solidaridad a la justicia social. Estas prácticas de innovación social se recogen, en gran parte, en el Mapa de la Innovación Social en Cataluña[xxxii], en cuatro grandes ámbitos: (economía y consumo alternativo, solidaridad ciudadana, territorio, energía y medioambiente y espacios autogestionados); siendo el primero de ellos, y en el marco de la región metropolitana de Barcelona, el más destacado en número. El análisis de estas iniciativas con el mapa de distribución de población según renta muestra una no correlación entre más necesidades y la construcción de alternativas (más favorables en espacios urbanos más variados: Gracia, Sants o Poble Sec, situando un vínculo entre potencial capital social de la población y capacidad de impulsar prácticas sociales). Este último aspecto, retomando las categorías formuladas por Soja y Secchi, en Barcelona «la capacidad de defensa y reivindicación del capital espacial se encuentra estrechamente relacionada con la dotación de capital social en cada territorio». Por otro lado, los datos sobre manifestaciones en Cataluña y sus motivaciones demuestran un crecimiento de éstas (entre 2003 y 2012) y su vínculo con causas sociales. Es decir, hay una conexión evidente entre amenaza económica y conflictividad social. Este marco ha provocado una modificación en las agendas políticas de algunos municipios, entre ellos Barcelona, en la introducción de prácticas de innovación social[xxxiii] y la implicación política institucional de personas relevantes en los movimientos sociales (Ada Colau, en el caso de la capital catalana).

A modo de conclusión, Oriol Nel·lo destaca el caso de la acción de los movimientos sociales urbanos en la ciudad de Barcelona para entender su complejidad y el papel relevante que han tenido en la transformación de la ciudad y el territorio.

1)      La simplificación derecha/izquierda, españolista/soberanista de los movimientos sociales es incompleta porque estos no son compartimentos estancos.

2)      Un tercer eje de análisis, como hemos visto en el relato, es el de la mayor o menor institucionalización de la política.

3)      La defensa del patrimonio colectivo, la justicia espacial y la calidad democrática constituyen la esencia de los movimientos sociales y su acción.

4)      Barcelona muestra cómo la representación institucional no puede ser rehusada por parte de quienes quieren plantear cambios sociales estructurales de base.

5)      El conflicto, como rasgo substancial de la vida urbana, debe aproximar a un mayor bienestar colectivo.

El ensayo concluye con un nuevo regalo: una guía bibliográfica y de recursos argumentada para leer más.

 


[i] Rodríguez, Alfredo et al.: Constructores de ciudad, Sur, Santiago de Chile, 1989, pág. 9.

[ii] Secchi, Bernardo: La città del ricchi e la città dei poveri, Laterza, Bari, 2013, pág. 7.

[iii] Fontana, Josep: El futuro es un país extraño, Pasado y Presente, Barcelona, 2013, pág. 18.

[iv] Harvey, David: The crisis of capitalism, Royal Society of Arts, Londres, 2010, pág. 3. www.thersa.org

[v] Stiglitz, Josep: The Price of Inequality (2012) & Piketty, Thomas (2013): Le Capital au XXIe siècle.

[vi] Bourdieu, Pierre: «La démission de l’État», en La Misère du monde, Éditions du Seuil, Paris, 1933, págs. 219-228.

[vii] Bauman, Zigmunt: Archipiélago de excepciones, Centre de Cultura Contemporània, Barcelona, 2008, pág. 79.

[viii] Streeck, Wolfgang: The Crises of Democratic Capitalism, New Left Review, nº 71, septiembre-octubre de 2011, págs. 5-29.

[ix] Tarrow, Sidney: Beyond Globalization: Why Creating Transnational Social Movements is so Hard and When is Most Likely to Happen?, Columbia University Workshop on Contentious Politics, 1999.

[x] Eliot, Thomas S.: What is a Classic? An address delivered before the Virgil Society on the 16th of October 1944, Faber & Faber, Londres 1945, pág.30.

[xi] Harvey, David: «El arte de la renta: la globalización y la mercantilización de la cultura», en Capital financiero, propiedad inmobiliaria y cultura, MACBA-UAB, Cerdanyola del Vallès, 2005, pág. 32.

[xii] Klein, Naomi: No logo. Taking Aim at the Brand Bullies (1999).

[xiii] Schöegel, Karl: Terror y utopia. Moscú en 1937, Acantilado, Madrid, 2014, pág. 18.

[xiv] Castells, Manuel: The City and the Grassroots: A Cross-Cultural Theory of Urban Social Movements, University of California Press, Berkeley, 1983, pág. 70.

[xv] Tarrow Sidney, Power in the Movement: Social Movements and Contentious Politics, Cambridge University Press, Cambridge, 1998 (1984), pág. 4..

[xvi] Harvey, David: Revel cities. From the Right to the City to the Urban Revolution, Verso, Londres, 2013, pág. 80.

[xvii] Mattei, Ugo: Beni comuni. Un manifesto, Letarza, Bari, 2011, pág. 7.

[xviii] Thompson, E.P.: La formación histórica de la clase obrera. Inglaterra: 1780-1832, Laia, Barcelona, 1977 (1963), vol. II, pág. 47.

[xix] Marx, Karl: «Los debates sobre la Ley acerca del robo de la leña» en Los debates de la Dieta Renana, Barcelona, 2007 (1842), pág. 68.

[xx] Harvey, David: Commonwealth: an Exchange, Artforum vol. 48, nº 3, noviembre de 2009, pág. 77-78.

[xxi] Maurin, Éric: Le ghetto français. Enquête sur le séparatisme social, París, Seuil, 2004, pág. 25.

[xxii] Secchi, Bernardo: op.cit., págs. 16-17.

[xxiii] Lefebvre, Henri: El derecho a la ciudad, Barcelona, Península, 1968, pág. 167.

[xxiv] Stavrides, Stavros: «Emerging Common Spaces as Challenge to the City of Crisis», en Crisis-scapes: Athens and Beyond, The City at a Time of Crisis, Atenas, 2014, págs. 209 y ss., www.crisis-scape.net

[xxv] Moulaert, F. and Parra, C. (artículo en progreso) “Pueden los barrios salvar la ciudad? Hacia la construcción de una perspectiva de gobernanza multi-escalar en Europa”.

[xxvi] Andreu, Marc: Barris, veïns i democràcia. El moviment ciutadà en la reconstrucció de Barcelona (1868-1986), L’Avenç, Barcelona, 2015, pág. 427.

[xxvii] Molinero, Carme e Ysàs, Pere: Construint la ciutat democrática. El moviment veïnal davant el tardofranquisme i la transició, Icaria, Barcelona, 2010, pág. 22.

[xxviii] Andreu, Marc: op. Cit., pág. 260.

[xxix] Subirats, Marina: Una utopía disponible: la Cataluña independiente, La Maleta de Portbou, nº 6, julio-agosto de 2014.

[xxx] Vilaregut, Ricard: Memòria i emergència de l’independentisme català. El cas de la Plataforma pel Dret a Decidir, tesis doctoral, 2011.

[xxxi] Vallès, Josep Maria: «La relación Cataluña-España. Dos mayorías y su contexto», en La reforma de la democracia española. Las dimensiones políticas de la crisis, Círculo de Economía, Barcelona, 2014, págs. 123-141.

[xxxii] Blanco, Ismael (coor.): «Mapa de la Innovación Social en Cataluña», IGOP-UAB, 2014, www.barrisicrisi.wordpress.com

[xxxiii] Blanco, Ismael y Gomà, Ricard: El municipalisme del bé comú, Icaria, Barcelona, pág. 11 (en edición).

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